Anda, ven aquí
Si a algo le atribuyo el haber llegado hasta el momento evolutivo en el que estamos, después de tanto y todo, es a nuestra capacidad de vincularnos.
Yo hay días en los que me levanto con un toque de individualismo algo más radicalizado y pienso; si por mí y este estado en el que me hallo fuera, tan lejos no hubiéramos llegado. Hay amaneceres de todas las formas, y lo más positivo de esto es que pese a que yo un día me levante siendo más introvertida, sé que en la habitación de al lado probablemente haya alguien que dé las gracias por mí a la vida.
La mayoría de situaciones que nos “salpican” lo hacen con la preciosa razón de abrirnos los ojos hacia lo que necesitemos prestar atención en ese momento. Hoy me he despertado, la alarma no ha sonado, probablemente el ruido del agua en el fuego hirviendo haya sido lo que me haya sacado del sueño. Sin poner mucha mente, me he lavado los dientes, creo que ni me he mirado al espejo. No, hoy no me he mirado al espejo. Me he sentido mal y esa ha sido suficiente información, no es necesario ponerlo todo en su reflejo. De hecho, diría que cuando tangibilizamos demasiado es cuando nuestra cabeza considera que posee el permiso como para regocijarse en el pensamiento. Este pensamiento, no es más que eso; una nube de dramatismo que, muy probablemente, con la mera experiencia de la vida que estaba a punto de iniciarse al salir de casa, se hubiera desdibujado en cuestión de un sutil y fugaz momento.
He llegado a la sala, me he sentado sobre la esterilla y justamente hoy me he puesto detrás, no había espacio en primera fila. Antes evitaba ponerme delante, lo suelo hacer en según qué sitios, en la mayoría de lugares en los que practico. Me gusta preservar la intimidad, me siento más cómoda, con menos miradas, o puede que simplemente con el permiso de que deje de observarme la mía. Sin embargo, desde que llegué aquí busco mi lugar en primera fila.
No creo que tenga demasiada explicación más allá de que; no existe ninguna distracción y mi atención puede dirigirse con más determinación hacia un punto en concreto. Un punto en el que la necesidad de balance, de templanza y de quietud sea el mayor reto. Curiosamente, me olvido del resto, de lo que sucede a los laterales, de cómo ha combinado el set la de detrás y de si hay o no miradas sobre la experiencia en la que tan íntimamente esté sumergida.
Reside algo en la exposición de una misma, en la apertura plena de nuestra naturaleza, que hace que lo más íntimo se convierta en la fortaleza de quien, pese a sus circunstancias, sigue entregándose a lo que venga.
Estoy segura de que si mi vulnerabilidad siguiera pensando que la manera de protegerme es quedándose entre las cuatro paredes donde solo yo puedo verme, no estaría siendo posible que pudieras leer lo que te cuento por aquí.
En definitiva, el impulso existe.
Puede que no me haya despertado con el mejor de los estados, pero saber identificar eso me ha llevado hasta aquí. A modo de necesidad, a modo de rescate, de refugio o de simplemente desahogo. Porque cuando yo tampoco sé qué hay detrás, o cuando sencillamente no tengo la energía para querer verlo con la crudeza con la que reside, escribir me alivia, escribir le quita peso.
Puedo mantenerme en mis cuatro paredes, pero metafóricamente hay menos limitaciones que en ningún otro lugar, que en ninguna otra forma. Las palabras danzan, los pensamientos se arropan y mi mente, quiero creer que, deja de pesar o, al menos, airea lo que inevitablemente se da.
Aun así, siempre hay en la vivencia y en la pretensión de acudir a ella una enorme sensación de alivio. A mí me ha aliviado hoy ir a practicar, tomarme una infusión durante dos horas, contemplar a la gente de mi alrededor, verlos siendo humanos, ver que seguimos actuando como humanos a pesar de todo. Me ha aliviado regresar a casa con los cascos escuchando versiones en acústico que por culpa de “la radio de x” quizás ya no vuelva a escuchar en un tiempo largo. Sentarme con un libro del 2021 y una dedicatoria de alguien a quien llevo mucho pensando en si escribir. ¿Es innecesario escribir a alguien diciéndole que la dedicatoria que encontré en el libro que me regaló me ha recordado a esa persona y que le mando mucho amor? Puede que no lo sea, puede que lo innecesario sea este pequeño cuestionamiento que me hace dudar de ello. ¿Ves?, lo que yo decía, nada peor que las cuatro paredes en las que la vulnerabilidad se refugia convenciéndose de que es de todas la más fuerte. Ha habido alivio en hablar con Marta y en verle la cara de nuevo, en sentirme entendida, en que me pregunte por las cosas que sabe que me importan. Alivio ha sido que Carlota me deje su ordenador porque al mío no le apetece funcionar hoy y poder acabar esto que hoy os cuento.
Pero hay días en los que el alivio de todas esas cosas tan solo acentúa el peso de que en el fondo nada resulte liviano, hay mañanas donde no hay espacio para lo ligero. Y también está bien imagino, a veces hay que dejar de pretender evolucionar para darse cuenta de que, pese a tener todos y cada uno de los recursos a nivel emocional, intelectual y teórico-práctico, un abrazo es lo único capaz de contenernos.


lo he leído en el momento justo. solo gracias
Laura que bonito, porque no todos los días se sienten igual. Porque siendo la misma persona sentimos, según el día, muy distinto. Porqie aceptarnos con todo, incluida nuestra vulnerabilidad, es maravilloso. ✨