Cuántas cosas
Tengo un dilema que, honestamente, creo que voy a tener que adoptar de por vida por no haber forma existente de darle salida. Empezamos fuerte.
Por un lado, contar lo que me sucede y darle esa forma tan gráfica a través de la palabra, las expresiones, la métrica, las ideas ilusorias que solo tienen lugar sobre papel, las ideas que los demás pueden leer, pero que solo yo sé si han ido más allá de lo que ellos creen; todo eso es algo que naturalmente en mí sucede. Como quien desde pequeño parece que haya nacido con un pincel en la mano, sabiendo tocar un instrumento o con el ritmo metido ya dentro. En mi caso, la escritura llegó con el paso del tiempo, aunque ahora que lo pienso, esa forma tan narrativa de contemplar lo que sucedía, siempre ha sido muy mía.
Como todo lo que se construye con buena letra en esta vida, la escritura necesita de algo que a veces no es compatible con ella y es del tiempo para bajarla a tierra.
El tiempo para aquietar, para dejar que caigan las ideas, para que el silencio entre en la sala y para que, más a menudo de lo que elegiría, se reencuentren una y otra vez todas las penas.
En mi caso, darle forma a mis pensamientos de esta manera hace que se destape un lado demasiado íntimo, vulnerable y, por supuesto, nostálgico de mí misma. Y me encanta, creo que desde los lugares más hostiles de una es desde donde aparece la magia, pero no siempre tengo ganas de pasearme por allí a ver qué trucos nuevos puedo incorporar donde las cosas realmente pasan.
Llegados a este punto, aquí se une la otra parte del dilema; me cuesta mucho escribir cuando hay tanto en lo que estoy presente allí fuera.
Es como si necesitara desconectar a esa versión recolectora de mi personaje que va con los ojos enfocados por encima de sus capacidades, que tiene los oídos afinados para interpretar más allá y que, por supuesto, es capaz de hilar lo que siente con lo que sintió y hacer algo poético con ello.
Hay momentos en los que una solo quiere, por elección, estar viviendo la simpleza de los hechos y eso es justo por lo que escribir, a veces, prefiero dejarlo para luego.
Pero imagino que, como quien nace con el pincel y el ritmo en las venas, ¿cómo iba yo a desprenderme de una habilidad tan intrínseca como esta? Puede que como todas las relaciones que he experimentado y experimentaré, esta es una más y tiene sus idas y venidas. Desde hace ya un buen tiempo me he convertido en toda una erudita en comprometerme con lo que de verdad me interesa y la escritura y yo, siento que hicimos un pacto muy por encima de todas las cosas que pudieran pasar.
Pese a que no os esté contando mucho por aquí, sigo dejando caer mis murmullos mentales a diario. Juraría que este va a ser ya el quinto o sexto año que llevo acumulando el mismo tipo de cuaderno escrito con la misma numeración de bolígrafo y narrando todas las variopintas situaciones en las que mi persona se ha desarrollado. A veces, cuando vuelvo a casa de mis padres y me acuerdo de que existen esas reliquias, voy a ellas con la curiosidad de encontrar verdaderos tesoros circunstanciales. Si ahora ya me parece un bonito recuerdo, imagino que en unos años tendrá el valor parecido al del tiempo. Una vida en tinta tallada a mano por una misma, una pulsión hacia el querer que quede, querer que permanezca algo de mí sin la necesidad de hacer mucho más profunda la huella, sin la necesidad de haberme comprometido con una única sólida e incuestionable identidad.
También me está sucediendo algo últimamente y es que me he dado cuenta de que ya no recurro tanto a este momento conmigo de total intimidad porque creo que se me está dando muy bien poder tener la misma sensación, pero con gente y en voz alta. Esa situación en la que la niebla aparece ya no me lleva directa a querer sentarme sola escribiendo sobre ella. Ahora la abordo con quien me pille cerca, la pongo a todo trapo y casualmente veo cómo eso hace que en poco tiempo desaparezca.
Compartir las sensaciones las hace también ajenas. Las suaviza. Ver que lo que cuentas es capaz de entenderlo cualquiera, hace que revivan de sus cenizas todas esas gotas de esperanza que en la escritura muchas veces es donde una más encuentra.
Y en cuanto a lo que está sucediendo ahora en este capítulo de mi historia, os puedo decir que está siendo un momento en las páginas de mis cuadernos que voy a tener que marcar. Porque seguro que vendrán otros en los que la inquietud me tambalee por no saber qué pasos dar, pero volveré a este, a esta fecha, para ver cómo la Laura de ahora, pese a seguir sin tener mucha idea, es cuando mejor está.
Me he dado cuenta por el camino de estos meses de que no todo es para tanto, pero que hay tanto por sentir en todo. He aprendido a ver con una mirada muy distinta que se ha convertido en una forma bastante peculiar y personal de afrontar lo que sea que tenga que pasar. Me ha servido para ver que estoy rodeada de personas especiales, y ese tipo de seres nunca van a dejar de aparecer porque tengo la capacidad de poder, desde lejos, detectarlos. He entendido que todas las personas que quedaron paradas en distintas estaciones de reposo de mi senderito han tenido que hacerlo así porque no había otra forma de que funcionara. Porque no todos tenemos el mismo patrón de ruta, y porque para seguir hacia donde sea que a una le nace avanzar, hay que saber siempre rodearse y más importante aún, hay que saber siempre decir “nos vemos pronto” aunque sepas que no verás ni tarde.
En el fondo todos nos queremos enamorar y eso es lo que más he podido corroborar. Y ese anhelo está automáticamente relacionado con una idea romántica de media naranja, pero os digo que nunca me he sentido más enloquecida por lo que hago, por lo que siento, por cómo actúo y por cómo me muevo. Por las conversaciones que decido tener, por los silencios que prefiero guardar, por lo que pienso y es mejor no soltar y por lo que comparto y en consecuencia obtengo tanto entendimiento y compatibilidad.
Alguien me preguntó hace poco que de qué escribo y responder que escribo de amor hace que los ojos de quien recibe esa respuesta me miren como diciendo; “Gracias, alguien tiene que hacer algo con la incoherencia que todos los demás sentimos”.

