Miedos arriba, esto es un atraco
-“Look at you, practicing in this place, being absolutely lucky”
Acto seguido, una sonrisa profunda y pesada ha ocupado mi cara mientras estaba sostenida sobre manos y pies en perro boca abajo. Levanto un talón, flexiono la misma rodilla, bajo la cadera de ese lado y a continuación lo mismo, pero del lado contrario. Como una máquina perfecta que entiende qué debe suceder en cada momento y qué debe continuar. Presiono los dedos de la mano, los separo, apunto con ellos hacia afuera, me doy cuenta de que estoy ahí, de que estoy tocando, estoy en contacto; me estoy dejando, lo hago por voluntad. Llevando mi intención hacia arriba, dejando que mi espalda suba como si se tratase de esa última parte del camino antes de llegar a la cima, donde todo se siente más, todo se disfruta más, todo se sufre más. Dejo que eso que divide lo anterior de lo posterior sea mi punto de inflexión, tal y como lo consigue ser algún momento del día, algún momento de la vida, o puede que en todos excepto en los que tu atención tan solo respira.
Detengo lo que sucede fuera, observo lo que prosigue dentro. Escucho esa frase, inevitablemente me invade el pecho.
Oía, hace unos días, a una chica hablar sobre las adicciones. Decía algo así como que las personas que recurren a conductas dañinas de manera reiterada, pese a que estas sean perjudiciales para su salud, no son más diferentes a las que no lo hacen. Sencillamente tienen un mecanismo distinto de afrontar algo común; el miedo. El miedo que, por supuesto, no es nada visible en un primer momento de análisis de la situación, pero que sin duda es la causa principal de todos esos sentimientos y emociones que tanta angustia nos generan.
Inevitablemente tuve que llevarme esta teoría a mi vivencia, no con demasiado esfuerzo porque, por suerte o por desgracia, los momentos en los que el miedo me invadió fueron la mayoría, hasta que acabé harta.
He experimentado el miedo de miles de formas y diría que desde que tengo uso de razón; el miedo a la muerte que con seis o siete años me impedía dormir por las noches creyendo que quizás el sueño podría privarme de la vida el día siguiente, pasando por el miedo a padecer cualquier tipo de enfermedad. Cualquier cosa “nueva” o “diferente” que apareciera en mí, era ya un posible y muy probable síntoma de una muerte anunciada. También recuerdo mi etapa de miedo a perder el control y volverme loca, esa fue la más significativa, y la última. Imagino que ahí la cantidad de caos se volvió tan insoportable que algo en mí decidió dejarse llevar como si se tratara de una hoja posada sobre la corriente de un río y siendo observada por alguien desde fuera que, casualmente, descansaba en ese punto del sendero apreciando el flujo del agua.
Me dejé. Solté y el miedo me invadió, de hecho, me convertí en él. Quise hacerlo porque era la única forma sostenible de seguir entendiendo qué sentido tenía todo eso. Te puede sonar raro, pero hay quienes inevitablemente pasan por ese tipo de situaciones mentales sin ninguna razón aparente. La mera angustia de no entender la vida es lo que inunda al pensamiento de preocupaciones como esas. Preocupaciones que son irreales, pero que a la vez, te dan algún sentido. Tu cabeza tiene un porqué al que anclarse.
Por eso me debió resultar tan sencillo entender de lo que hablaba aquella chica cuando mencionaba lo de las adicciones. Yo me he considerado adicta al miedo por mucho tiempo. Por supuesto, no cuando lo estaba atravesando, ahí no tenía ese nivel de comprensión, pero ahora en perspectiva veo que la causa de que esas preocupaciones estuvieran en mi cabeza era el temor que les tenía a todas ellas y el espacio que les decidí brindar para anticiparme y prepararme ante cualquiera.
Imagino que, como un mecanismo de supervivencia; tenlo presente para que no te pille por sorpresa, y en mi caso, también me hacía mantenerme fijada a la vida, aunque fuera por la incomprensión de la misma.
Profundidades aparte, es curioso ver cómo los miedos se han ido transformando en mi historia, pero lo ha sido más ir desvelando cómo una vez que me harté de ellos, lo que hice fue, sencillamente taparlos. No creo que esa sea tampoco la mejor de las soluciones, considero que los miedos hay que dejarlos al aire. Sin un espacio concreto; pueden soltarse en una conversación, pueden caerse mientras decides irte a correr por el monte, los puedes nadar en el mar, pero cuanto menos peso supongan en ti, mayor libertad. Y eso es justo lo que ellos también necesitan, la libertad de ocupar algo sin determinar.
Dentro de las cosas que he ido aprendiendo de mí estos últimos años y en referencia al tema, creo que el mayor enemigo del miedo es cualquier sentimiento que pueda surgir en su efecto. Me explico; durante mucho tiempo tuve miedo al rechazo y por eso lo que más espacio ocupaba en mí era el sentimiento de culpa. Si yo lograba sentir culpa por lo que fuera, no me daría cuenta de lo que en realidad había (que, como ya os he dicho, era miedo al rechazo). De ese modo, sobre lo que me frustraba, era sobre la culpa, y con ella me golpeaba constantemente, me autosaboteaba y me adentraba en un loop negativo del que no podía salir, porque, obvio, estaba intentando resolver la emoción equivocada.
No era en la culpa donde debía conducir mi atención, era sobre el miedo a sentirme rechazada.
Cuando entendí esto, empecé a cuestionarme todo, lo que decía, lo que sentía y lo que hacía. Porque a veces creemos que conocemos la procedencia de la incomodidad que podemos experimentar, pero la realidad, y observando un poco al entorno, es que no tenemos ni idea.
Y sino, pregúntate, ¿Qué es lo que más frustración me genera ahora mismo? Y cuando des con la respuesta, pregúntate; ¿Es exactamente eso o es algo previo que va de la mano del miedo y me quiere hacer creer que esa es la frustración que ahora me opaca?
Si algo me ayudó a destapar toda esa verdad que ocultan nuestros miedos es la vulnerabilidad. Que si me preguntan, es para mí la mayor fortaleza de cada individuo. Hay tantísima belleza y pureza en compartir la vulnerabilidad y en verla, que creo que es lo mejor que podemos hacer para honrar nuestra razón en la Tierra. Vulnerabilidad es poder compartir que estás empezando a querer a alguien aunque sea demasiado pronto y exponerte a que eso aleje o acerque a esa persona de ti. No tendrá nada que ver contigo el cómo el otro reaccione, pero de ti siempre podrás sentir que has actuado siendo responsable con el peso que ocupan tus necesidades. No hay nada más atractivo que alguien mostrando su verdad y que tú abrazando su vulnerabilidad. La expresión de lo que todos llevamos dentro es el acto más revolucionario y en la mayoría de ocasiones es simplemente eso, el gesto de lanzarlo al mundo, lo que de verdad nos devuelve la libertad de nuevo.
Yo, que de cerca he vivido tantas veces el miedo, te recomiendo que te sientes con él y que vayas acompañada de lo que crees que es tu debilidad. Él está acostumbrado a perseguirte mientras tú huyes, pero cuando te sientas frente a él con la seguridad de estar teniendo cualquier sentimiento, sea de la forma que sea, el miedo de quien se asusta es de quien con claridad sabe lo que está sintiendo.

